martes, 14 de diciembre de 2010

La dialéctica del fin del mundo

La decadencia es un momento crítico en el que las voces intelectuales cantan lecciones morales, únicamente para encontrar su lamento en el fondo del Billboard 200, humillado por el minimalismo de 199 canciones de plástico. Sólo la sinfonía de un forastero buscando la evocación puede prescindir de la intención de aleccionar, y así favorecer la tan necesaria dialéctica sobre nuestro tiempo.

Jean-Luc Godard, el pionero de la Nueva Ola Francesa, y su Film Socialisme, su cinta sobre las heridas de la Europa del siglo XXI, existen como agentes de la instigación que, desdeñosos de las técnicas de los predicadores del cambio, prefieren sugerir a la audiencia una andanada de recortadas ideas sobre política y sociedad, siempre cargadas de un valor metafórico extraordinario: El dinero es un bien público, como el agua, concluyen un hombre y un niño, mientras la pantalla muestra un océano similar a una roca gelatinosa que tiembla con gracia.

A lo largo del filme, Godard reproduce en celuloide lo que muchos creerían concebible exclusivamente en papel: un ensayo escrito en flujo de consciencia –la técnica modernista que representaba el tren del pensamiento con sus pertinentes ideas inconexas e inconclusas– sobre la sociedad, economía y política europeas mientras se enfrentan a la tragedia escrita por la indecisión de los poderosos.

La estructura permanece dentro del estilo usual de Godard: existe una narrativa como excusa para desarrollar su ensayo, mientras evita que sus personajes sean lo suficientemente humanos como para que representen algo más que ideas. En el cine de Godard no existen sentimientos ni historias complicadas, sino un rompecabezas diseñado para armarse después de la función que presenta, en este caso, una sinfonía en tres movimientos.

Des choses comme ça (Las cosas así), el primer movimiento, es el corazón de la película, pues ilustra una visión homérica del mundo según el auteur francés: en un yate convergen culturas, pasados y posiciones políticas tan diversas como las de un viejo criminal de guerra, la cantautora Patti Smith, el filósofo francés Alain Badiou, y otros personajes cuya conexión jamás se define, tal como lo pretende Godard.

En las películas del director franco-suizo, siempre se ha observado una tendencia a desconectar elementos; Pierrot le fou (1965), Made in the USA (1966), son paradojas de la desconstrucción: aceptan la contradicción al deshebrarse por su cuenta desde puntos de vista enfrentados, como Une femme est une femme (1961), un “musical neorrealista”, un concepto que el mismo Godard definió como “una contradicción en los términos”. Incluso los intertítulos en Film Socialisme separan más de lo que unen a la historia, transmitiendo ideas que fluyen de una forma confusa, pero consistente.

Film Socialisme funciona como sus predecesoras en la filmografía de Godard mientras expresa su descontento ante la descomposición del Occidente, y aunque vacía de nostalgia, la cinta “reflexiona” –recordemos que no hay ideas completas, sino sugerencias de ellas– sobre los traumas del Viejo Continente en constantes menciones de Hitler o Stalin, los representantes de las principales fuerzas políticas que determinaron el destino de Europa.

El segundo movimiento, Notre Europe (Nuestra Europa), versa principalmente sobre estos temas, orientados hacia exploraciones de la libertad y la fraternidad, tomando como excusa narrativa la convocatoria que hacen un par de niños a sus padres, los dueños de una estación de gasolina, al tribunal de su infancia.

En este movimiento, el estilo es drásticamente distinto al primero: la edición feroz, las técnicas visuales que incluyen varios formatos de video, interrupciones en la cinta –como si se tratara de una ralladura en un DVD–, y una diversidad de idiomas sin subtitular, que incluye a un par de gatos conversando, desaparecen para generar una serenidad inquietante.

La visita de un par de periodistas de televisión en busca de una entrevista con el padre, candidato a gobernar un cantón desconocido, deriva en profundas conversaciones sobre la relación entre África y Europa, la cual se refleja desde el hecho de que la camarógrafa, proveniente del Continente Negro, actúa como asistente de la reportera europea.

El aspecto más atractivo de esta secuencia es la disonancia entre lo que se dice y lo que se ve: pareciera, por momentos, que la historia es bastante más simple de lo que el diálogo le hace verse. No es difícil imaginar que la película fue doblada al lenguaje intelectual una vez que fue terminada, lo cual haría más lógica la imagen de un niño diciéndole a una mujer que está pensando en su trasero, mientras pinta un Renoir.

A pesar de cierto diálogo que realmente ahonda en los temas, la historia de esta familia que tiene atada a una llama al lado del despachador de gasolina, rebaja el ritmo de la película hasta el punto de parecer un desesperante tope narrativo, antes que una importante disquisición de las ideas de su autor, como sí lo son el primero y último movimientos.

Nos humanités (Nuestras humanidades), la última sección, funciona más como un epílogo que como un movimiento, sin embargo, es fascinante ver la pasarela de imágenes antiguas y modernas de 6 lugares de leyenda: Egipto, Palestina, Odesa, Nápoles, Grecia y Barcelona, de los cuales resaltan los últimos dos por las connotaciones a la reciente crisis económica en Europa.

Después del elegiaco tour, precedido por una alerta de piratería del FBI, uno de los intertítulos concluye: “Si la ley es injusta, la justicia procede sobre la ley”, expresando la visión de Godard sobre los derechos de autor (“No deberían existir”). Las imágenes de archivo esparcidas a lo largo del filme son igualmente metafóricas, como un par de acróbatas sosteniéndose, que ilustran lo que debería ser la relación entre Israel y Palestina.

Esta imagen y su significado nos hablan de la forma en que se expresa Jean-Luc Godard: mediante una serie de piezas regadas en busca de la adopción de la audiencia, que debe negarse a intentar comprender la cinta para adueñarse de algunas de sus ideas. Film Socialisme no es una obra maestra para reflejar esta técnica, sin embargo es un buen ejemplo de maestría en la obra, y una necesaria motivación para que los espectadores participen en la dialéctica del fin de un mundo.


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